¿Cómo cambiar el chip que heredamos de nuestros padres?

Nosotros, los adultos, nos jactamos de nuestra autonomía vital e independencia para tomar decisiones. A diferencia de los niños, somos seres racionales, ¿no es cierto?

Esta no es una entrada dirigida a adolescentes. La larga sombra de nuestros padres o adultos que nos han criado se proyecta a toda hora sobre nuestra mente y nuestro corazón, sin importar cuántas primaveras hayamos visto pasar.

Una de las influencias más silenciosas que un padre tiene sobre su hijo es la del aprendizaje por modelado. En criollo: el niño aprende viendo hacer a sus padres. Este tipo de influencia va por un carril independiente del lenguaje. Ojos del niño, maneras de hacer de los padres o tutores. Es todo lo que se necesita: no hay nada que interpretar y las explicaciones verbales no muerden la realidad. Todo el valor está contenido en las acciones concretas y sus efectos.

Veamos algunos ejemplos de esta silenciosa influencia por modelado.

Por un lado, absorbemos de nuestros padres modalidades de afrontamiento al estrés. Así, están quienes ante las dificultades de la vida nos deprimimos y nos aislamos socialmente (preferimos seguir durmiendo o recluirnos en la seguridad del hogar por ejemplo), otros se enojan (son ruidosos o agreden física o psicológicamente a las personas que hay a su alrededor), otros evaden la situación a través del consumo de alguna sustancia (alcohol o drogas no legales), otros aumentan su monto de ansiedad y luchan por “tener el control de la situación” (y si no lo logran se culpan a sí mismos por no ser suficientes). Esta lista no es exhaustiva y no pretende ser una tipología que refleje la complejidad del ser humano. Lo más común es que en una misma familia o persona se condensen varias de estas (y otras) estrategias combinadas de forma idiosincrática.

Por otro lado, nuestros padres o tutores fomentan la normalización de patrones vinculares. Este punto está relacionado con lo dicho en el párrafo anterior pero con foco en lo relacional. Por ejemplo: podemos normalizar que las relaciones de pareja estén en un conflicto permanente o sean incluso violentas, o sean indistinguibles de una relación de amistad en donde prima el cariño pero no existe ningún tipo de deseo, o funcionen como una sociedad comercial y laboral, o se constituyan en una relación de poder asimétrica en donde uno domina y el otro cede como forma de garantizarse una cuota de amor, auto-estima, seguridad, etc.

Los patrones vinculares que absorbemos de nuestras figuras parentales no solamente se agotan en modelos de pareja sino que, en conjunto con las modalidades de afrontamiento al estrés, van configurando la forma que tenemos de relacionarnos con el resto de las personas y el mundo en general.

Entonces, por ejemplo, podemos ser adultos adictos al trabajo, o que hemos aprendido que pedir ayuda a otros es un signo de debilidad, o creer que más vale asentir a las demandas de otros antes que decir No y “generar un conflicto”, o creer que no importa cuánto hagamos, siempre será menos de lo que deberíamos estar haciendo, o creer que ciertos desenlaces negativos nos convierten en fracasados, o defender que el enojo es la mejor forma de reaccionar ante el sentimiento de distancia con un otro significativo, etc.

¿Por qué todas estas modalidades de relación con los otros y el mundo trazan una marca indeleble en nosotros cuando aún somos niñas y niños?

De niños, nuestra integridad física y emocional depende completamente de los adultos que nos ahijan. Por ende todo las acciones y formas de vincularse con el estrés y los otros que absorbemos de estos adquieren valor de supervivencia. Otra forma de decir lo mismo: si papá o mamá o mi abuela Hilda, con quienes estuve en una situación de vulnerabilidad emocional y dependencia física absoluta para sobrevivir durante mi infancia, lo único que hacían era trabajar y destacar el valor de estar todo el día trabajando, probablemente yo haga la siguiente ecuación: para asegurarme el amor de ellos (de quienes dependo física y emocionalmente) yo necesito ponerle el mismo peso al trabajo. Caso contrario: ese amor me será quitado. Ante la cercanía de esa posibilidad sentimos miedo, tristeza, enojo, vergüenza, culpa.

Estas ecuaciones de amor que hacemos de niños van perdiendo su valor de supervivencia a medida que crecemos (ya que con suerte aprenderemos a dar y recibir amor de parte de un sinnúmero de personas diferentes). Pero ese armazón arcaico e inicial, la base misma de nuestra pirámide psíquica, esa forma de relacionarnos con el mundo, no se puede cambiar de un día para el otro.

Sufrimos un desfasaje inevitable: nos crian como pescadores y es probable que la vida nos exija vivir en medio de la montaña, sin cuerpos de agua a la vista. Los padres o tutores se constituyen en espejos que adelantan y que nos asustan un poco. Insisten en la importancia de tener todas los anzuelos y carnadas listas para nuestra vida en las altas cumbres. Pero queremos otra cosa. Lo sentimos, pero es difícil visualizarlo con claridad y cambiar este chip sin ayuda profesional. La normalización de la que estuvimos hablando supone actuar bajo la influencia de cierto piloto automático del cual muchas veces ni siquiera podemos percibir que está en funcionamiento.

Es la razón por la cual en muchas ocasiones el profesional psicoterapeuta resulta imprescindible: está entrenado en detectar y modificar, en conjunto con el paciente, estos y otros tipos de patrones disfuncionales resistentes. Esto no se logrará solamente hablando una hora a la semana con el terapeuta sino que requiere una planificación conjunta y un compromiso de parte del paciente de comenzar a ver (percibir los propios patrones) y hacer de forma distinta (modificándolos paulatinamente). No se trata de hacer catarsis y responsabilizar a nuestros padres de todas nuestras dificultades sino de construir estrategias concretas que permitan flexibilizar esos viejos patrones que heredamos y verlos transformados en acciones concretas.

Metabolizar viejos dolores emocionales y echar por la borda mandatos morales ajenos, sumar nuevas herramientas y habilidades para afrontar conflictos y dificultades presentes, diagramar nuevos proyectos vitales. Vale la pena emprender ese ascenso.

 

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